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¿Qué pasó chamo?… o como los accidentes pueden ser premeditados

abril 21, 2012

Para llegar donde no se sabe hay que ir por donde no se sabe. San Juan de la Cruz.

 Quizás el mayor reto de todo artista contemporáneo sea entender que nuestro tiempo le exige a su obra una permanente negociación entre lo formal y lo discursivo. Las ideas de contemplación y autonomía ya no son suficientes para accionar en el campo del arte actual, pero tampoco la intención de desprenderse por completo de la forma y disolver el arte en la vida. Hay una especificidad en el uso de los medios que caracteriza al arte, un modo particular de generar discursos que le otorga esa especificidad, lo define y lo problematiza, lo obliga al dialogo permanente con otras disciplinas del saber y la imaginación.

El reto de la pintura parece doblemente difícil. La tradición clásica del medio tiende a cargarlo de anacronismo. Su posibilidad de producir imágenes, que transitan entre la representación de lo real y la pura imaginación, lo vicia de inclinaciones autonómicas. Controlar la técnica, conectarse con los imaginarios actuales y producir una obra resonante son apenas los primeros pasos del trabajo de un pintor. Además es indispensable que vea el mundo con ojos quirúrgicos. Que sea capaz de discernir cuales serán sus influencias y pueda elaborar preguntas de investigación que funcionen como brújulas. Sin reflexión sólo hay descontrol y la pintura es más bien una deriva controlada.

Orlando Rojas pinta, es pintor declarado y confeso, sabe que pintar no es fácil y a veces parece “pasado de moda”, pero entre todas las formas posibles (hoy en día) escoge la pintura como ¿medio-canal-herramienta-camino?.. Orlando Rojas pinta.

Pinta para favorecer la tensión, estirando peligrosamente las posibilidades plásticas de la pintura, mezclando el conocimiento académico y los métodos casi espurios.

Pintar es tropezar.

Pinta para ordenar el mundo y establecer un acuerdo de paz entre sus memorias y su imaginación, donde ambas comparten el territorio, donde ambas gobiernan y deciden.

Pintar es conciliar.

Pinta para recrear la totalidad en el fragmento roto que le brinda el cuadro, un poco porque la suma de las partes siempre es más que el todo, un poco porque los límites no son otra cosa que espacios de contacto pleno.

Pintar es traspasar.

Pinta para trascender el borde, para producir una imagen que dé cuenta de todo aquello que lo rodea sin nombrarlo, sin ilustrarlo.

Pintar es convocar.

Convocar la propia historia, el nexo con un territorio, los dibujos animados de la infancia, la carne del barroco, el olor de la lluvia, el tornasol brillo del colibrí, un sol amarillo-naranja, las alas traslucidas de una mariposa enamorada, el goteo de la pintura, el goteo de la miel, una bandada de pájaros escandalosos, la grama de los parques, los charcos, el silencio de los ojos.

Traspasar el límite que parece inevitable en lo bidimensional, pero no con ilusión de profundidad ni con fractura del borde, sino con la creación de un espacio infinito capaz de conectar con el entorno y proponer derivas a la mirada; licuando los adentros y los afueras, los arribas y los abajos en materia pictórica capaz de hacerse materia mundana.

Conciliar todas las gradaciones que oscilan entre invención, recuerdo y realidad, porque todos entre si se contaminan y modelan, porque no hay vacío sin forma ni forma sin vacío, porque una imagen puede dar claridad sobre la interdependencia que forja el mundo.

Tropezar y hacer tropezar, cuando las preguntas son sólo ventanas hacia otras preguntas y cuando lo aparentemente declarativo es en realidad interrogación que busca desestabilizar, la intención es resonar en el otro, colmarlo de inquietudes no resueltas y quizás irresolubles.

Las enredaderas crecen en todas direcciones sin tener brújula o sistema de referencia. Los hombres inventamos las coordenadas para recordar el lugar en que empiezan nuestras raíces y vislumbrar los espacios hacia los que podemos extendernos.

Una pintura puede ser enredadera y mapa. Es conocimiento.

Susana Quintero Borowiak. San José de Cúcuta, noviembre 2011

Texto publicado en el marco del I Ciclo de Arte Jovén.  Biblioteca Pública Julio Pérez Ferrero.

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