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Fredy Saúl Serrano. Hogar de luces y sombras.

abril 21, 2012

“Yo pienso, con angustia y banalidad, que la vida se escapa. Se escapa por rendijas que no son ni el tiempo ni la escandalosa muerte. Tiempo y muerte huelen a sacristía, a metafísica oscura y campanuda. Me interesan más las figuras insidiosas de la vida cotidiana, obra de roedores, no de demiurgos. Pienso en esos innumerables o imperceptibles actos que se fugan sin que yo los advierta.” Alejandro Rossi.

Lo cotidiano es una experiencia compartida de la realidad a través de la cual los sujetos constituyen, comprenden y comunican el mundo. Por ello es un espacio en el que priva la lógica de la objetivación, el sujeto ordena el mundo, para poder comunicarlo a otros sujetos y en ese proceso se constituye a si mismo como ser social, mientras “aprende” el uso y significado de cada uno de las cosas. La vida cotidiana supone un conjunto de saberes y objetivaciones compartidos culturalmente, que constituyen espacios de significación comprensibles por todos individuos de una sociedad, más allá de los tintes subjetivos que cada uno pueda darle.

Así, la casa es refugio, es abrigo, es uno de los escenarios principales para el despliegue de esa vida cotidiana. Pero más allá de eso, la casa también es, como dice Gastón Bachelard en su Poética del espacio, “… uno de los mayores poderes de integración de los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre.” En esa clave de tres (pensamientos, recuerdos y sueños) se despliega la intimidad, la subjetividad, el algo más de lo cotidiano que siempre arranca de la experiencia pero huye de la instrumentalización. En esa clave de tres aparece la obra de Fredy Saúl Serrano, anclada firmemente en los valores de lo cotidiano, pero abierta a significados vitales propios y multivocos.

Para el ámbito del arte contemporáneo no es ninguna novedad que un artista se dedique a trabajar explorando su intimidad, reescribiéndola y exhibiéndola. Quizás hay una tendencia en el arte actual al exhibicionismo, que encuentra una respuesta vouyerista del público. Las obras reunidas en La casa de va-cía refieren al espacio de lo privado, relatan historias que transcurren en ese espacio que llamamos hogar y que es capaz de albergar lo más dulce y lo más horrendo. Fredy Saúl cuenta historias, no las suyas específicamente, pero si historias de casas, donde habitan por igual los personajes y sus miedos. Sumando reflexión (pensamiento), memoria (recuerdos) y fantasía (sueños) nos acerca a una intimidad que está teñida por lo siniestro. Los personajes que vemos en sus obras son a un tiempo graciosos y perturbadores; amables y amenazantes; próximos y ajenos.

La casa que se va-cia es muchas casas, muchas vivencias, mucha imaginación activada recreando recuerdos con poéticas nuevas. Es la casa de la infancia. Aquella en la que habitan los rumores del campo, la arena y los animales. Allí el individuo aprendió a definirse frente al mundo, allí empezó a llenar su maleta de sueños, allí dejó múltiples monstruos bajo la cama que a veces aparecen para transformarse en obras. Es la casa de la ciudad. Quizás más iluminada, definitivamente más ruidosa. En ella los animales desaparecen para dar espacio a los objetos que se compran en el abasto. Cosas que fascinan, cosas que preocupan, cosas que envejecen y se tornan desechos o fantasmas. Es la casa del cine. Siempre fría, nublada, solitaria. Siempre imagen del horror. Siempre un tanto absurda en su obscena exhibición de lo siniestro. Es la casa de los otros. Lugar de encuentros y de límites, espacio ajeno que de tan visitado se asume propio. Habitaciones llenas de confidencias que podrían devenir crónicas de sucesos. Miedos comunes. Es la casa que parte, que se va de viaje. La que exorciza y se libera. La que aprende que el jugar reconstruye el tiempo, lo redime y lo redimensiona.

Fredy Saúl Serrano usa cualquier medio formal para producir esa reconstrucción. Los materiales no son excusas ni prisiones son sólo herramientas que potencian la existencia de lo imaginario. Sus obras domestican el atávico horror que surge de cada casa, de todas las casas, para transformarlo es un impulso vitalista y juguetón. El miedo del niño es ahora la clave de los juegos del adulto. En tono cómplice, invita al espectador a derrotar sus propios miedos proponiendo un territorio sin limitaciones, contando una historia sin final conocido que todos podemos completar.

Susana Quintero Borowiak. San José de Cúcuta, marzo 2012.

Texto publicado en el marco del I Ciclo de Arte Jovén.  Biblioteca Pública Julio Pérez Ferrero.

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